Galíndez o crónicas del merodeador
Hay un hombre merodeando por la ciudad, un hombre sin alma, su nombre no se recuerda y así es mejor; porque es el portador de lo indecible…y lo sabe.
La noche asquerosamente húmeda y calurosa hacía descender su manto con toda furia sobre la sombra del espectro que alguna vez fue un ser humano, guiándolo hasta el inminente fin de su recorrido, no daba la imagen del desagrado, todo lo contrario, elegancia rectitud y limpieza, pero lucía como si hubiera resistido los embistes de mil tormentos, como si todos los pesares de los hombres se hicieran presentes en ese cuerpejo donde ya no quedaba rastro alguno de la vida. Mucho menos de la alegría.
Si su imagen era mortuoria, lo era mucho más aun su ubicación geográfica. Como si los similares se atrajesen allí estaba el momificado personaje que respiraba sin aliento, en la esquina del cementerio de la Chacarita, lugar al que cualquier mortal preferiría no ir en su condición de tal, a menos por supuesto, que lo impulsara alguna argucia del infausto destino, o simplemente debía estar en el lugar equivocado en el peor momento. No habían pasado muchos minutos cuando esos ojos eternos que no tenían expresión ni emoción se encendieron pálidamente al divisar una vacilante figura de aspecto humano que se acercaba irremediablemente a él.
Tal era el caso del mal bebido, tambaleante y maloliente Víctor Galíndez, cuyo mérito más notorio era precisamente su nombre; ¿Quién que guste del boxeo no recordará al malogrado campeón mundial?
Galíndez era un ebrio pacífico no solía molestar mas que para pedir las consabidas monedas con las que adquiría el baratísimo vino de caja que el socarronamente acostumbraba a beber entre comidas, dado que no era muy adepto a comer o en todo caso a conseguir alimentos en buen estado, pasaba la mayor parte del tiempo empeñado en ver el fondo de la caja.
Se notaba que cargaba con algo mas de 50 años pero a juzgar por el deterioro cualquiera hubiese aventurado que no bajaba de los 70,y esto solo observando su cara, de tener en cuenta su aspecto exterior dudo que alguien le diera dos días mas de vida; su cabello estaba duro y separado por pedazos, arrastraba lo que alguna vez fueron unos bonitos mocasines marrones ahora adheridos por la mugre a sus pies enfermos de cansancio, producto de mil vagabundeos por lo peor de cada zona, veíanse en ellos rastros de tierra cal y sangre con pintorescas motitas de pus saliente se las llagas reventadas. Los viejísimos pantalones enseñaban restos de materia fecal de varios días atrás, sujetados por un piolín deshilachado a modo de cinturón, las botamangas a tres cuartos de pierna permitían observar la mugre de los tobillos en combinación con la putrefacción de las fístulas infectas de los pies. La prenda de arriba, ubicada entre su inacercable cogote y la parda barriga era indefinida y definitivamente impropia para cualquier elemento humano que se jactase de serlo. Llevaba puesto lo que quedaba de una camisa cuyas rayas eran cintajos que se confundían con las costras de su frondoso pecho.
Pero a los avatares de la casualidad nunca le importaron la elegancia o la descompensación de vestimenta, no al menos en una noche como aquella.
Así que de un modo u otro, y por el motivo que usted prefiera, se encontraron las dos almas en la esquina donde vive la muerte.
-disculpe jefe- balbuceo Galíndez arrastrando las consonantes a causa de la escasa motricidad de gestos que provoca el exceso de alcohol y haciendo una evidente reverencia teatralizada.
-¿no le sobran un par de monedas para viajar?-dijo entre babas y tumbos, seguido de un intento de achacar su estado a la maldad de supuestos atacantes, que aparentemente no daba resultado porque el individuo a quien platicaba, permanecía dándole la espalda y mantenía un inmutable y sepulcral silencio, que sumado a su aire noble y desconcertante se alargó para Galíndez por un lapso relativamente respetable, tiempo mas que suficiente para que el borracho empezara de nuevo con su demanda.
-oiga…maestro…oiga…master…don…-la insistencia de Galíndez llego al punto de la exasperación, pero antes de emitir los bien merecidos insultos que iba a estrellar en los oídos de ese maleducado, el hombre se dio vuelta y miro fijo el rostro del ciruja, y de frente a la descomunal perplejidad con la que este se resguardaba en su propia humanidad, hizo un ademán imperceptible que incremento la fuerza de su contemplación reduciendo a Galíndez a la condición mas humanamente baja en la que haya estado alguna vez, se sintió sucio, que es demasiado decir después de la descripción anterior.
Galíndez era un sabio de miradas, tuvo que soportarlas toda su vida, conocía de manera indiscutible el rojo de unos ojos inyectados hasta el límite antes de la explosión, conocía los ojos cristalizados por el dolor, conocía los ojos extenuados por el alcohol, los ojos ávidos de violencia, conocía ojos torturadores bailoteando de placer a causa de su vileza, conocía los desesperados ojos del deseo y estaba seguro de conocer los ojos de vacío de la misma muerte, pero de idéntica forma que aseguraba su conocimiento, hubiera jurado ante todo el vino del mundo que jamás había visto una mirada como la de aquel hombre. Esa mirada con la que se juzga a un sub-humano.
No estaba cómodo Galíndez con esta situación, sentía como ya no era mas el amedrentador y comenzó a sentir miedo, pero antes que eso sintió una inquietud que le llevo a intentar largarse de ahí lo antes posible y lo mas rápido que le dieran sus mancillados pies. Pero si había sentido miedo, jamás llegó a pensar que sentiría algo que se asemeja mucho más al terror en el momento de escuchar la voz del principesco deambulador quien con un truco maravilloso de antigesticulación habló, más bien declaró.
-puedo darte mucho más que monedas, puedo hacerte mi sucesor.-
En ese instante Galíndez rebuscó en los rincones mas olvidados de su memoria para ver si tenia noción de que una voz humana sonara al menos parecido a lo que acababa de escuchar, y sin tener mas argumento que la situación en si, estaba seguro que su interlocutor era un reciente salido del cementerio, de uno de los nichos, de la tierra tapada por lapidas o a juzgar por su porte de algún panteón, pero eso no era humano.
Sin embargo, tantos años de linyera, lo habían acostumbrado a nunca negarse a una dadiva por poco generosa que fuera, menos una aun que supusiera sucesión y con naturalidad espontánea Galíndez respondió apagadamente como si no tuviera mas opción que aceptar con un simple
-bueno-.
Fue así que en ese fatal segundo el extraño, sin mediar palabra o gesto o sin siquiera advertir la expresión de pobrísima resistencia del inerme callejero le puso la mano derecha en la frente, del mismo modo en que su inalterable memoria recordó como había estado él, en otro tiempo y en otro sitio, en la misma condición del actual ebrio pringoso, aunque de hecho, el había sido mas bien un gentleman de los años 20, joven, audaz, vital y principalmente descreído, y repitió las mismas y textuales palabras que el había, como un don, recibido. El merodeador sentía que las palabras no eran pronunciadas sino que sonaban como si fueran arrancadas de su interior, palabras en una lengua maldita y arcana, que al abandonar un cuerpo se llevaban con ella toda la esencia vital del mismo.
Terminado el extraño rezo el nocturno habló, y ya con voz humana, denotaba agonía, cansancio y prisa, dijo.
-escúcheme bien, buen hombre, mediante la antiquísima plegaria pagana que acabo de pronunciar le transfiero el conocimiento de la verdad de la existencia, y con ello, los secretos de los mas insondables recodos de la mente humana y toda su miseria, y en pos de la sabiduría le transmito toda le decrepitud del alma del hombre-.
Y como si todo el peso de la maldad del mundo que descansaba sobre sus hombros se desvaneciera, con un apretón de manos selló el traspaso de la maldición.
El deambulador acababa de librarse de la blasfema condenación, de la cual había sido prisionero durante décadas, viéndose obligado a merodear como muerto en vida buscando a quien poder convertir en su sucesor, para cumplir la función de testigo en el juicio del fin del tiempo, el apocalipsis.
Galíndez lo miro fijamente sin comprender lo que sucedía, y mientras el impío mortecino sonreía de alivio, no dejaba de preguntarse como era posible que aquello que lo tuviera esclavizado en un infierno todos estos años, retorciéndose en las sombras de la noche con su mente convertida en una perenne pesadilla no produjera efecto alguno en el ciruja.
Antes de expirar envuelto en una vorágine de dolor y hedor de adentro hacia afuera que nada tenían que ver con la sensación de alivio que realmente experimentaba, el aciago caminante comprendió que Galíndez, el ser que no cesaba en su asombro ante el espectáculo brindado por el traspaso y que ni en sus peores momentos de delirium tremens se habría atrevido a imaginar algo similar, había convivido toda su vida directamente relacionado con las mas bajas miserias humanas, con que no había maldad o crueldad o indigencia alguna que lo pudiera impresionar.
El merodeador se convirtió en ceniza, y bajo una incipiente llovizna, el viento soplo a favor de la noche.
Hay un hombre merodeando por la ciudad, un hombre sin alma… su nombre es Víctor Galíndez y es el portador de lo indecible…pero el no lo sabe.
Fin.
Martín F.
(Risotto Rabioso)
(Risottodechurro)
miércoles, 6 de enero de 2010
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