miércoles, 6 de enero de 2010

sucesos que me ofuscan el señor que frena sobre la senda peatonal

El señor que frena sobre la senda peatonal, es un señor que cree que el automóvil tiene mas derechos que el transeúnte, entonces sin importarle un pepino, espera que el semáforo le de la luz verde parado sobre las rayitas blancas de la calle. No vaya usted a decirle nada porque el señor lo va a mirar como diciendo” que pelotudo, ¿no se da cuenta que yo tengo auto?”y con una sonrisita socarrona va a seguir su rumbo como si nada hubiese pasado, y usted en serio que se va a sentir como un pelotudo, va a sentir como un semejante pasa por encima de sus derechos sin recibir apercibimiento alguno, y ya usted sabe bastante de eso con el resto de sus problemas cotidianos, ya sabe que sus derechos no valen una mierda, pero, ¿es necesario comprobarlo a manos de un señor que no le paga su sueldo ni le da de comer ,es mas, ni siquiera lo conoce.? No. No es necesario, entonces haciendo uso de su sentido común, usted se acerca al auto y le indica con muy buen semblante que esta incurriendo en una infracción, que usted esta rengo y que necesita cruzar la calle, a lo que el conductor responde “chupame un huevo, sorete”, usted sigue con sus buenos modales y le instruye que la senda esta pintada por algo, y que ese algo es el paso peatonal, le dice que si quiere que acelere en toda la otra cuadra, si ese es su deseo , que puede hacerlo porque en el auto tiene dos pedales uno para frenar y el otro para acelerar, entonces el buen señor opta por bajar la ventanilla y gritarle con voz sobradora, “perdón!, querés algo mas? Usted que no es un pendenciero le dice que no, que solo alcanza con que se fije donde frena, entonces el señor repite subiendo de tono ”perdón te dije, ¿querés algo mas?”, con evidente intención de pelear, porque cree que con su auto tiene mas derechos que el estupido de a pie, entonces usted que ya tiene el día cagado lo mira fijo y le dice “si, quiero algo mas, que te vayas bien a la concha de la reputísima madre que te re mil parió” lo que hace que el señor que no sabe frenar donde le corresponde intente bajarse del auto a hacer valer sus derechos pisoteados, se siente herido en sus fueros íntimos, como puede dejarse atropellar de semejante manera por un peatón idiota, porque para el señor los que no andan en auto son idiotas, de hecho se pregunta ¿ que clase de tarado no tiene auto?, y resulta que cuando el señor se baja no es mas que un peatón igual que usted, pero como el continua creyendo que es más, comienza a gritar e insultarlo, la gente se aproxima al escándalo como moscas a la miel, y resulta que el señor ya se siente apoyado y seguro, ya se siente el rey de la situación culpándolo incluso a usted de obstruirle el paso, acusación que usted ya no puede soportar, entonces empieza a subir una mostaza mucho mas agria que en otras ocasiones, y justo en el momento en que el señor indignado le dice a todos los presentes que usted es un loquito y un villero que no sabe cruzar la calle, usted le emboca una trompada justo en la nariz que le hace saltar el chocolate en todas direcciones, la gente que trata de socorrer al hombre y alejarlo de usted, no hace mas que tumulto y en medio de toda la confusión, usted que hasta ahí había mantenido la tranquilidad de los inocentes, le atina al malherido una tremenda patada en el estomago que lo dobla por lo menos en tres, el gentío empieza a tratarlo de asesino, y el buen señor pide a gritos la ayuda policíaca, que por supuesto llega al terminar todo el alboroto, y a que no se imaginan a quien le creyó la ley, si, al señor del auto, usted va detenido por agresión en la vía publica y ya no importa que el auto siga en medio de la senda peatonal, a la ley por lo menos no le importa.
Pero algo quedo de todo esto, mientras va en el patrullero camino a la seccional que le haya tocado se da cuenta que va sonriendo, casi feliz, y ya no le importa nada mas, usted tuvo que romperle el alma a uno, y lo mejor es que usted esta seguro que el señor del auto no aprendió nada, entonces tiene una leve esperanza de encontrárselo de nuevo y así volver a experimentar la sensación de hacer justicia con su propia mano.

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